Esta mañana hemos manejado hasta Mattingan para encontrarnos con Klaus Kleffner, amigo de Robert, él es sacerdote. Vive en un simpático departamento a la espalda de la iglesia donde trabaja. Con él fuimos a almorzar a un restaurante chino y pedimos comida tailandesa: muy rica, pero un poco picante. Es gracioso vera una china hablando alemán. No pude evitar reír un poco. Qué malo soy!. Allí nos hemos tomado una fotito con el hijito de la china que se llama Schi – Nín ji ji ji … mentira. La invitación salió por cuenta del obispo, así que nos salió granel la cosa. Afuera está nevando, caballero no más: capucha encima, cierre al tope, manos a los bolsillos ya buscar el auto. A poca distancia, llegamos al Ruhrpark que es un centro comercial muy grande y con muchas tiendas de diversos productos. Aunque hubo un poco de problema para estacionarnos, lo logramos en menos tiempo de lo previsto. He contado ya que acá hay cuervos? Vuelan durante el día gritando y parece que estás en una película de la profecía. Hay que seguir el camino y nos vamos ahora a cenar donde la familia Niesmann. Nos reciben cordialmente en su departamento “schiki-miki” (pituco). Esta es una pareja de esposos con un único hijo: Tim, de 11 años aproximadamente. La conversación fluye y de pronto llega Fritz, amigo sacerdote de Robert. Este pata mide como 5 metros y se ríe como nerd, pero es buena gente. Luego de un vinito blanco, la mesa nos espera: Rackekette. La mesa está llena de platos con diversas cosas, verduras, cremas, etc. Hay un plato grande con carnes en trozos pequeños y al centro de la mesa un aparato eléctrico que hace las veces de una parrilla. Cada quien se sirve lo que quiere y lo que puede. En la mesa Tim se comporta de una manera extraña. Se mueve despacio y tiembla un poco su pulso. Este chico tiene problemas nerviosos, como los de mi primo Miguel. Es una pena, es un chico muy simpático, de una mirada y una sonrisa cautivadora, pero su enfermedad está muy complicada. Luego de la exquisita cena y el tiramizú de rigor, es hora de que Tim se vaya a dormir. Se despide y su papá lo lleva a su cuarto. Al rato se oye en el cuarto vecino una disputa y voces altas. El chico se pone violento con sus padres. Al rato el padre regresa a la mesa con una expresión en el rostro que no sé si es cólera, ganas de llorar o ambas cosas. El momento es muy emotivo. La esposa le acaricia el rostro y empieza a explicar el detalle del problema. No era necesario entender cada palabra del testimonio para percibir el dolor y angustia de esta pareja por el problema de su único hijo. Ya lo han intentado todo y no saben más que hacer. Mientras ella hablaba con el cigarrillo encendido entre los dedos, mi atención se fija totalmente en su monólogo. En un momento sentí ganas de llorar. El dolor de ellos era demasiado ostensible. Robert y su amigo buscaron las palabras de consuelo, pero no las encontraron. De regreso a casa me sentí muy triste por ese niño y sentí cólera conmigo mismo por no ser capaz aún de comprender al menos en gran parte este idioma tan difícil, La decisión está tomada: en adelante solamente hablaré alemán!.
